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Cuando ganar no siempre es bueno, Dokito de Ludilo

Cuando ganar no siempre es bueno

Hay cosas que durante la infancia parecen tener unas reglas bastante claras.

Si corres más rápido, ganas.

Si construyes la torre más alta, mejor.

Si consigues más cromos, más canicas o más puntos, genial.

Y, si estás jugando, lo normal es querer ganar.

Hasta que aparece un juego como Dokito y te dice que quizá no.

Al principio todo es como parece que tiene que ser.

Vais jugando bazas y cada vez que ganáis una añadís una bola de helado a vuestro cucurucho.

Una bola, bien.

Dos bolas, mejor.

Tres bolas… perfecto.

Y entonces ocurre algo que a los niños y no tan niños nos cambia el ritmo.

Ahora ya no quieres ganar.

Porque si consigues una cuarta bola, tu helado se cae y esa ronda no puntúas nada.

De repente, la misma cosa que llevabas toda la partida intentando conseguir se convierte justo en lo que quieres evitar.

Y tu cabeza tiene que cambiar de plan.

Cuando “más” deja de ser “mejor”

Esta situación nos gusta que se produzca porque se parece bastante a muchas cosas que los niños van descubriendo en su día a día.

Hay momentos en los que correr es divertido.

Y otros en los que toca ir despacio porque llevas un vaso lleno hasta arriba.

Hay veces en las que hablar primero ayuda.

Y otras en las que toca esperar y escuchar lo que quiere contar otra persona.

A veces quieres terminar un dibujo cuanto antes.

Y otras descubres que borrar una parte y volver a empezar mejora muchísimo el resultado.

Dokito hace algo parecido con un helado, bueno con uno para cada jugador 😅

Tres bolas están estupendamente.

El problema llega cuando quizá te has precipitado en llegar a las 3.

Cambiar de estrategia cuesta más de lo que parece

Los adultos hacemos esto constantemente.

Probamos algo que funciona y pensamos que seguirá funcionando para siempre.

Los niños también.

Si una estrategia les ha permitido ganar dos veces, ¿por qué iban a dejar de utilizarla?

Si ir rápido les ha servido hace un momento, ¿por qué ahora deberían frenar?

Si conseguir una bola de helado era bueno, ¿cómo puede ser que conseguir otra sea malo?

Y ahí aparece una de las cosas que más nos gustan en el juego.

No hace falta sentarse delante de un niño y decirle “hoy vamos a trabajar la flexibilidad cognitiva”.

Por suerte. 😅

Basta con que esté jugando y de pronto descubra que su plan ya no sirve.

En Dokito eso pasa en cada ronda.

Al principio miras tus cartas buscando cómo ganar la baza.

Cuando tienes tres bolas, miras exactamente las mismas cartas intentando averiguar cómo perderla.

La situación y el objetivo han cambiado.

Y tú tienes que cambiar con la partida

Perder una pequeña cosa para conseguir otra más importante

Hay otra idea que los niños se encuentran constantemente, aunque pocas veces la llamemos así.

A veces hay que renunciar a algo pequeño porque importa más lo que viene después.

No responder inmediatamente porque quieres escuchar.

No gastar todo el dinero que llevabas porque quieres ahorrar para otra cosa.

No comerte ahora la última galleta porque quieres guardarla para la merienda.

No hacer la jugada más evidente porque estás pensando un poquito más allá.

En Dokito, perder una baza puede acercarte a ganar la partida.

Y esto desconcierta bastante la primera vez.

“¿Pero entonces quiero perder?”

Bueno.

Sí.

Pero no exactamente.

Quieres ganar la partida.

Simplemente has descubierto que ganar cada pequeña batalla no siempre es la mejor forma de conseguirlo.

Y esa diferencia es abismal, para ellos y nosotos.

Y además están los demás

Por supuesto, todo sería mucho más sencillo si alrededor de la mesa nadie tuviera malas intenciones.

Pero estamos jugando. 😂

En Dokito no solo vale con decidir que ya no quieres ganar.

Las demás personas también juegan.

Y algunas pueden tener muchísimo interés en conseguir que esa cuarta bola termine precisamente en tu cucurucho y se caiga, así de fácil.

Además, la forma de ganar o perder las bazas tiene una forma muy chula, sencilla pero exigente de dominar. Si todas las cartas son del mismo sabor, gana el número más alto. Si aparecen sabores distintos, gana el más bajo.

Así que toca observar.

Pensar qué pueden jugar los demás.

Decidir qué carta interesa guardar.

Y descubrir que a veces esa carta que parecía malísima es la que ahora necesitas.

Algo que también ocurre bastante fuera de una partida en el día a día.

Los niños van descubriendo que no toman decisiones solos dentro de una burbuja.

Lo que hacen afecta a otras personas.

Y lo que hacen los demás también puede obligarles a cambiar su plan.

Quizá eso sea una de las cosas bonitas de jugar

No creemos que cada juego tenga que esconder una lección.

Ni que después de una partida haya que reunir a la familia alrededor de la mesa para analizar lo aprendido.

A veces jugar tiene que ser simplemente eso.

Jugar.

Reírse cuando el helado de alguien se viene abajo.

Intentar colarle una baza y que no pintue

Celebrar una carta horrible porque, por una vez, es exactamente la que querías tener.

Y esto nos encanta, los juegos tienen una manera muy especial de ponernos delante situaciones que también existen fuera de la mesa.

Y Dokito nos muestra algo de una forma muy sencilla.

A veces avanzar no significa seguir haciendo lo que hasta ahora funcionaba.

Puede significar parar.

Esperar.

Cambiar de estrategia.

Renunciar a algo pequeño.

O incluso aceptar perder una vez para tener más posibilidades de ganar después.

Para un niño, descubrir eso mientras intenta salvar un cucurucho de tres bolas quizá sea bastante más divertido que escucharnos explicárselo.

Y, siendo sinceros, para los adultos también. 🍦

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