Jugar para conocernos mejor: 3 juegos de mesa para compartir con tus hijos, también cuando crecen
Cuando encontrar un rato juntos empieza a costar un poco más
No sé si a vosotros os pasa. Entre el cole, el instituto, las extraescolares y las mil cosas del día a día, a veces cuesta encontrar un momento para estar juntos en familia.
Y según van creciendo nuestros hijos, parece que hay que buscar esos ratitos un poco más. No siempre les apetece contarnos cómo ha ido el día. Y nosotros tampoco tenemos siempre la energía para organizar un gran plan.
Así que a veces hacemos algo mucho más sencillo. Sacamos un juego a la mesa y vemos qué pasa.
No siempre arranca a la primera, claro. Pero basta una respuesta inesperada, una mirada de sorpresa o un «¡pero si yo pensaba que tú…!» para que la partida empiece a tener vida propia.
Primero nos divertimos. Lo demás viene jugando
Cuando nos sentamos a jugar no estamos pensando en practicar la escucha, comprender otras perspectivas o prestar atención a los gustos de nuestros hijos. Queremos pasar un buen rato. Y eso ya es un motivo estupendo para jugar.
Pero hay juegos en los que, sin darnos cuenta, estamos haciendo precisamente esas cosas: escuchamos una pregunta, pensamos qué respondería alguien de casa, ponemos a prueba lo que creíamos saber y nos sorprendemos cuando no coincidimos.
No significa que una partida vaya a resolver problemas de comunicación ni que haya que sacar una enseñanza de cada respuesta. A veces la mayor gracia es reírse y pasar a la siguiente carta.
Estos tres juegos nos gustan porque llegan a ese encuentro por caminos diferentes.
Eres tú literal: «¿Cómo que yo?»
Imagina que alguien lee una pregunta: «¿Quién se toma más en serio un karaoke?». Te toca responder con otra persona y los dos tenéis que señalar, al mismo tiempo, quién creéis que encaja mejor: tú o tu compañero.
La gracia de Eres tú literal, de Mercurio, está en sus manos giratorias y en ese instante de tensión antes de revelar las respuestas. Si coincidís, seguís en juego. Si no, puede llegar el inevitable «¡¿cómo que yo?!».
Las preguntas pueden dar pie a bromas y anécdotas, pero lo interesante es que nos obligan a imaginar cómo nos ve la otra persona. A veces acertamos; otras descubrimos una imagen de nosotros mismos que no esperábamos.
¿Qué ponemos en práctica sin proponérnoslo? Escuchar con atención, interpretar una situación, anticipar la perspectiva del otro y aceptar que no siempre nos perciben como creemos.
Un matiz importante: no todas las preguntas apetecen en cualquier momento. Si alguna incomoda, podemos pasar a otra. La partida debería seguir siendo divertida para todos.
¿Quién te conoce mejor?: cuando sus gustos ya no son los de antes
¿Sabrías decir cuál es el postre favorito de tu hijo? ¿Y si prefiere hacer fotos o que se las hagan? Parece fácil, hasta que descubres que la respuesta ha cambiado desde la última vez que lo preguntaste.
En ¿Quién te conoce mejor?, de Lúdilo, una persona lee una pregunta sobre sí misma. Todos escriben su respuesta en secreto y la muestran a la vez. Quienes coinciden con la respuesta de esa persona consiguen puntos.
El juego tiene competición, sí, pero muchas veces la mejor parte llega después: «¿Desde cuándo te gusta eso?», «Pues yo juraría que antes preferías lo otro» o «¡eso no lo sabía!».
Cuando los niños van creciendo, cambian sus gustos, sus planes y sus maneras de pensar. Jugar puede ayudarnos a descubrir esos pequeños cambios sin sentarlos delante de una batería de preguntas.
¿Qué ponemos en práctica sin proponérnoslo? Prestar atención a las preferencias de los demás, recuperar recuerdos compartidos, revisar nuestras suposiciones y aprender a escuchar una respuesta distinta de la que esperábamos.
Y conviene acordarse de algo: los adultos también respondemos. Nuestros hijos pueden descubrir que nosotros tampoco somos exactamente como imaginaban.
Ikonikus: una misma situación, muchas formas de sentirla
¿Cómo te sentirías si tu móvil acabara dentro del váter? A lo mejor a uno le da la risa, otro se pone de los nervios y alguien empieza a pensar en todas las fotos que tenía guardadas.
En Ikonikus, de Brain Picnic, una persona plantea una situación preguntando cómo se sentiría. Los demás escogen, entre las cartas de símbolos de su mano, la que creen que representa mejor su emoción. Quien planteó la situación observa las cartas y elige la que más se acerca a lo que siente.
Y aquí llegan las sorpresas. Un mismo dibujo puede significar cosas distintas según quién lo mire. Además, no siempre interpretamos igual las situaciones: lo que a uno le parece una catástrofe, a otro le puede resultar bastante gracioso.
¿Qué ponemos en práctica sin proponérnoslo? Interpretar símbolos, imaginar el punto de vista de otra persona, reconocer que hay respuestas emocionales diferentes y poner palabras a una interpretación si nos apetece compartirla.
Lo mejor es que no hace falta contar nada íntimo. Podemos jugar con situaciones disparatadas y disfrutar simplemente de las distintas ocurrencias.
Tres pequeños tips para que apetezca repetir, a todos
Que los mayores también juguemos de verdad. No hace falta ponerse en modo profesor ni dirigir todas las respuestas. Es mucho más divertido cuando nos pueden sorprender a nosotros.
Que una sorpresa no se convierta en interrogatorio. Si aparece una anécdota, estupendo. Y si alguien prefiere seguir con la partida, también está bien.
Que no importe acertarlo todo. Lo interesante de estos juegos no es demostrar cuánto nos conocemos. A veces una respuesta equivocada da pie al mejor momento de la tarde.
Un rato jugando de verdad cuenta el doble
No todas las partidas terminan con una conversación memorable. Algunas se quedan en veinte minutos de risas, alguna protesta y ganas de revancha.
Y está bien así.
Porque conocernos mejor no siempre significa hablar más. A veces significa encontrar la ocasión de estar juntos, escucharnos un poco y dejar que nuestros hijos también descubran cosas de nosotros.
¿Y en vuestra casa? ¿Hay algún juego que siempre termina sacando una anécdota o una respuesta que nadie esperaba?