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Cuando el dado y el color te desmontan el plan en Ringer

Cuando el dado y el color te desmontan el plan en Ringer

Quedarte sin cartas no es perder en este juego.

En Ringer, quedarte a cero es la puerta a una racha, robas 6 cartas nuevas y sigues jugando, pudiendo acumular sin perder tu turno mientras los demás miran. Y ahí la partida se pone divertida, porque cuando encadenas un par… te vienes arriba y quieres repetirlo y repetirlo 😅

La idea del juego es sencilla. La carta de arriba manda el color. El dado manda el número objetivo. Tú vas jugando cartas según las reglas y, cuando consigues clavar color + número del dado, gritas “¡RINGER!” y te llevas todo el montón.

Sí, todo.

Y sí, cuando te lo hacen justo antes de tu jugada, y había ya un buen montón de cartas, duele un poquito, aunque lo disimules.

Lo que nos ha gustado jugando en casa es ver que cada edad lo vive diferente, pero todos pueden jugarlo y pasarlo bien. Por eso nos parece un buen juego para hermanos de edades distintas.

El peque (7) va a saco, aunque se le nota evolución comparado con cuando empezó con juegos de este estilo. Juega rápido, se equivoca, se recupera… y las rachas le suben la emoción y la sonrisa. Sin decirlo, el juego le pide algo muy claro, si ves un Ringer cerca, no lo dejes pasar. Más vale pájaro en mano… y punto.

La de 10 empieza rápida y, en cuanto ha vivido dos cambios de dado o color inesperados, ya hace algo diferente, mira más. Mira el dado, mira el color, mira su mano… y decide. No tira por tirar. Se guarda una carta “por si acaso” y luego se nota cuando le sale la jugada redonda.

Y la de 12… ella espera. Se da cuenta de que a veces hay que dejar que la mesa “cueza” un poco. Observa, aguanta, elige el momento. Cuando gana una ronda no es por velocidad, muchas veces es por paciencia.

Y lo que hace que funcione tan bien con edades distintas es cómo está equilibrado con el dado y el color.

Porque aquí te lo cambian con frecuencia. El dado cambia el número objetivo y el color lo marca la carta de arriba. Tú puedes ir pensando “lo tengo, lo tengo, lo tengo” y, de pronto, cambia una de las dos… y te toca adaptarte. Eso evita que el mayor “mande” toda la partida por tener más visión, y hace que el protagonismo vaya rotando.

En casa se nota fácil. Una partida el peque encadena racha y se viene arriba. Otra, la de 10 clava la jugada por guardarse justo la carta buena. Y en la siguiente la de 12 te quita el Ringer que era “tuyo” con su última carta cuando ya estabas sonriendo y celebrando esas cartitas en tu mazo 😅

Nos gusta el juego porque con reglas fáciles crea momentos guays, rachas que te devuelven a la partida aunque empezases mal, cambios que te obligan a mirar tu mano otra vez y ese pique sano de “¡justo ahora!”.

Si tenéis peques por casa de distintas edades, 7–8 años nos parece una buena edad de arranque, y suele ser divertido para todos.

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